POR JUAN CARLOS DIAZ.
Desde bebés en el vientre de su madre, pasando por
niños, niñas y adolescentes, han tenido que padecer en Cali de una violencia
que no les pertenece. Han sido víctimas de las mal llamadas “balas perdidas”,
que les han causado su muerte o lesiones de por vida, pese a no hacer parte de
ningún tipo de conflicto. Ellos habitan o transitan por sectores del oriente,
nororiente y ladera de la ciudad, en donde se presentan enfrentamientos entre
pandillas, se registran ajustes de cuentas, proliferan las “Fronteras Invisibles”
o “Líneas Imaginarias”, cuando se hacen celebraciones por partidos de fútbol en
la vía pública.
Para nadie es un secreto, que América Latina y el
Caribe continúa siendo la región más violenta del planeta.
El Banco Interamericano de Desarrollo, BID, sostiene
que “aunque esta región tiene tan solo un 8% de la población global, en ella
ocurren más del 30% de los homicidios del mundo. Si bien se trata de
Un problema regional, la falta de seguridad se vive
en lo local, en los barrios y en las ciudades de América Latina y el Caribe”.
Esa falta de seguridad sigue ocasionando que las
niñas, niños, adolescentes y mujeres permanentemente estén en una situación de
mayor vulnerabilidad, como ocurre cuando se encuentran en las calles.
Entre el 2010 y 2016, se presentaron 13 casos de
menores muertos (siete niñas y seis niños) por “balas perdidas” en Cali, según
la Secretaría de Gobierno Convivencia y Seguridad de la Alcaldía, que
estableció que en 2015, la ciudad registró 1.378 homicidios y en 2016 un total
de 1.297, lo que representó 81 casos menos.
En los años 2015 y 2016, la Comuna de Cali que
registró el mayor número de homicidios fue la 15, conocida como el Distrito de
Aguablanca, conformada por los barrios Comuneros I, Mojica,
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